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sábado, 18 de octubre de 2014

PARECE QUE CICATRIZA - Miguel Sanfeliu




Miguel Sanfeliu ha entrado con “Parece que cicatriza” en la distancia larga sin abandonar los relatos a los que nos tiene acostumbrados. De hecho acaba de quedar finalista en el último premio en “Cosecha Ñ”, que son palabras mayores.

"Parece que cicatriza" es una  magnífica historia sobre los sueños rotos y las ilusiones desvanecidas, una historia realista sobre la necesidad de la escritura. Una historia que fluye desde el principio con la habilidad que siempre ha mostrado Miguel en todas sus narraciones, con aparente facilidad, como si le costara poco escribir, aunque todos sabemos que no es así, que la dificultad está ahí precisamente, en lograr esa apariencia.

La novela está dividida en dos partes, como la vida misma: Pasado y presente.

La primera parte está escrita en primera persona. Es el mismo protagonista, Roberto Ponce, quien nos la cuenta. En ella nos encontramos con un joven de diecinueve años, ilusionado e idealista que quiere ser, nada menos, que escritor. Para ello, como buen escritor que se precie, se marcha de casa, durante un año — el plazo que le conceden sus incrédulos padres — para escribir la novela que le va a consagrar como una firme promesa de las letras. Para comenzar se convierte en un bohemio y se instala en un barrio antiguo de Valencia. Y sueña con  la novela de su vida. Esa novela que se lleva en la cabeza, dando vueltas, esperando a que le den salida.

Ahora, imaginen a ese joven escritor ante su máquina de escribir que ha bautizado con el nombre de Brautigan, como aquel escritor de la generación beat, cuya mejor obra fue “La pesca de la trucha en América”
Imagínenlo en pijama, con una botella de whisky,  un montón de folios y apuntes sobre la mesa esperando ese soplo de inspiración que nunca viene cuando se le espera. O repasando una y otra vez esas ideas que se amontonan en las servilletas de los bares, en pedazos sueltos de papel pero que no se concretan en nada. O tratando de emular a los grandes escritores, envuelto en una vieja bufanda como si fuera la boina de Pío Baroja o metiéndose en la cama como Onetti  o Valle Inclán, aunque con diferente resultado al esperado.
O quizás recordando las palabras de su padre diciéndole que se va a morir de hambre.
Sin embargo,  Roberto Ponce no renuncia a seguir intentándolo porque todas estas circunstancias forman parte de la idealización que él ha hecho de su vida y se esfuerza por encontrar su propio estilo y el formato adecuado para expresar su concepto de la literatura y de la vida porque la literatura para él, es su salvavidas.

Crea un tipo duro Julián Hierro, cuya forma de vida se identifica con la ironía o el desencanto de Sam Spade o Philip Marlowe. Julián Hierro es el que le aconseja que disfrute con la escritura y que sienta cada palabra que escriba porque solo escribiendo con el corazón se llega a hacer algo grande.

Y frente a la ilusión del joven escritor, la desilusión y la derrota de unos personajes clave que tendrán más influencia sobre su vida de la que él quiere reconocer.
Personajes contradictorios y perdedores que Miguel ha perfilado a la perfección.

Sebastián Mendoza, pintor. Un luchador por el concepto del arte puro, sin fisuras, sin concesiones al mercantilismo, que vive esperando que el mundo reconozca su arte sin necesidad de morirse. Un personaje que le llena de dudas cuando le pregunta sobre la validez del arte, cómo sabemos que es bueno lo que se hace, cómo saber que no somos un incompetente más.

Eladio Urquiza. Poeta, Argentino. Regenta el bar “El cubo de la basura” nombre con el que quiere homenajear a ocho artistas estadounidenses.

Emilio Ballester, alias Sonny. Prototipo del artista vendido al éxito, a quien la integridad del arte le importa un comino. Promocionado por un tipo que anteriormente había representado a un grupo denominado “Huevos hinchados” al que conoce en “El lápiz dorado” un local de copas donde ha sido contratado para cantar.

Y es en este local donde encuentra uno de sus muchos espejismos, un hechizo que casi lo vuelve loco: Sonia, la mujer en la que cree encontrar el amor.


La segunda parte es el presente de Roberto Ponce.  Está escrita en tercera persona. Como si el protagonista se hubiera alejado de sí mismo y contara una historia que no le está ocurriendo a él. Porque veinte años después, Roberto se ha convertido en otra persona.  hora trabaja en una oficina, como quería su padre, como le llegó a aconsejar su amigo el pintor. 

A través de esta segunda etapa, Miguel va haciendo un retrato certero de los sentimientos, a veces contradictorios, de Roberto. Desde su aceptación y sometimiento a los deseos ajenos, a la rebeldía por la falta de compresión de su vocación de escritor. Vemos como camina sobre una delicada línea, siempre expuesto a perder el equilibrio.

Así, siguiendo los pasos de Roberto, Miguel realiza un análisis de lo que es el triunfo o la derrota, tanto personal como lo que se considera en la sociedad consumista donde los sueños, muchas veces, van a parar al cubo de la basura. Reflexiones sobre el significado de la escritura para aquellos que ya estamos enganchados a ella, sobre la necesidad de contar historias y el por qué de esa necesidad que, muchas veces, parece tan imperiosa.

Les aseguro que leerán con placer, gracias a la pulida escritura de Miguel por qué una herida abierta, la de la literatura, parece que cicatriza.  




La portada es obra de Marisa Belmonte.